domingo, 30 de noviembre de 2008

SIN REACCION

Andaba tropezándome contra las paredes, las puertas de las casas y los bancos de los parques, contra cualquier cosa que se me atravesara. Caía rendido en las aceras y luego empezaba de nuevo, era como girar siempre en el mismo punto, sólo que cada vez iba perdiendo más el control. Era un tipo extraviado queriendo estar donde no lo habían invitado.

A veces solía estar todo el día tirado en la sala de mi casa, sin hablar, mirando al techo, sintiéndome terriblemente enfermo, un hombre acorralado que a veces se imaginaba la felicidad y que al final terminaba vomitando sobre el suelo. Eso era todo, no había nada mas, de vez en cuando alguna chica pasaba por mi casa y se quedaba toda la tarde sin hacer nada, tan sólo mirando el techo.

Pasaba el día encerrado, las cortinas siempre tapando cualquier incursión de luz. No tenía ninguna satisfacción, no reaccionaba ante nada, estaba muerto, pero aún respiraba, los días pasaban despacio y dolía abrir los ojos, mirar alrededor, sentir como el mundo empezaba a venírseme encima, caía a pedazos, primero en mis piernas y estas quedaban paralizadas, luego otros pedazos mas caían sobre mi pecho evitando que pudiera respirar con facilidad, un pedazo mas en mis brazos y al final uno muy grande se estrellaba sobre mi cabeza, adiós, se apagaba todo, los recuerdos quedaban regados por el suelo y mis ojos se salían de su órbita, uno terminaba contra una pared y el otro salía expulsado por la ventana, caía a la acera, rodaba calle abajo, pasaba por debajo de los autos, un perro intentaba atraparlo pero lograba esquivarlo, yo veía todo desde ese ojo, veía las piernas de las mujeres, los hombres caminando con rapidez, los niños saltando insoportables de un lado para otro, los edificios desde esa posición se veían mas alto, los techos de las casas eran inalcanzables, todo era angustiante, me sentía atrapado y sin salida, porque no es lo mismo que veas el horror del mundo con dos ojos a verlo con un solo ojo que rueda por la calle.

Así se pasaban mis días, siempre intentando escapar del mundo, intentando eludir una realidad que asfixiaba como una soga alrededor del cuello, entonces encendía la televisión, ella me ayudaba a olvidar, a dejar a un lado todo lo que me rodeaba, era como meterme en una capsula donde no entraban la luz, el ruido, el casero y su enorme mujer, el ladrido hiriente de los perros, el canto torturador de los pájaros, las deudas que cada día iban creciendo, el hambre que me desgarraba, los dolores insoportables de mi estomago que se quemaba entre un fuego espantoso y el vacio de saberme solo en el mundo. En realidad la televisión lograba que esquivara la realidad y eso me hacía sentir mejor, el dolor no desaparecía pero si quedaba tranquilo durante las horas en que me dejaba absorber por ella, cuando me cansaba de la televisión y tenía dinero iba a cine, entonces sucedía lo mismo como con la televisión, me desconectaba del mundo, era igual que con la televisión, sólo era una cuestión de pantalla, la del cine era más grande y el efecto mucho mas abrazador, algo así como meterse un frasco de benzodiacepinas y no quedar dormido pero si sintiendo que no tienes cuerpo ni cerebro. Pero el cine era costoso y yo casi nunca tenía dinero así que así que tenía que volver de nuevo a la televisión.

Me sentía como un balón, rodando de un lado para otro, rebotando contra los muros y sintiendo como me pateaban, era una extraña sensación y odiaba sentirme así, nadie puede decir que muchas veces no intente dejar de sentir que era un balón, pero falle en el intento. Algunos días me quedaba atrapado en ese sentirme un balón, así que empezaba a rebotar contra las paredes y el techo de mi habitación, luego me sentaba a escribir y de nuevo fallaba, no lograba escribir algo que valiera la pena y una voz chillona se escuchaba desde mi cerebro repitiéndome:

-Oye “Dientes podridos” ¿por qué no te buscas un empleo? No eres un buen escritor, no eres ni siquiera un mal escritor, no eres escritor, búscate un empleo con seguridad social, pensión y un salario decente. Eres un inútil, un fracaso, ¿qué diría tu padre si te viera?

Entonces recordaba a mi padre diciéndome, mientras me señalaba con su dedo sarmentoso:

-Deja esos sueños imbéciles, no sirves para ser escritor, no escribes nada que valga la pena, búscate un jodido empleo, una mujer, ten hijos con ella y consíguete una amante, envejece con dignidad, ya es hora que dejes de ser un vago.

Me agarraba de la cabeza intentando borrar las voces que predecían mi fracaso, mi madre maldiciéndome, mi padre escupiendo en mi rostro, mis maestros de escuela rompiendo mis escritos después de leerlos en voz alta ridiculizándome ante todos, las chicas que huían de mi llamándome “El apestoso” mis compañeros evitándome. Tenía diez años y siempre andaba solo, en el descanso, en mi casa, en el parque, en la calle, nadie se me acercaba, era el chico extraño, el de los dientes podridos, y la mirada perdida, el que no se bañaba y andando siempre con la misma camisa, los mismos zapatos y el mismo pantalón; así era yo a los diez años, sintiéndome como un balón, rodando de un lado para otro, rebotando contra los muros y sintiendo como me pateaban, era una extraña sensación y odiaba sentirme así.

Me tomaba de la cabeza intentando no recordar mi pasado, la golpeaba contra la mesa donde solía sentarme a escribir, contra el suelo y las paredes hasta que empezaba a salir un fino hilo de sangre luego me desmayaba durante unos minutos. Me despertaba de nuevo y le pedía a Dios que todo pasara ya, que al menos una revista me publicara alguno de mis escritos, tal vez así las voces desaparecerían, pero Dios también estaba convencido que yo no era un escritor y me decía con su voz fuerte:

-Deja esos sueños imbéciles, no sirves para ser escritor, no escribes nada que valga la pena, búscate un jodido empleo, una mujer, ten hijos con ella y consíguete una amante, envejece con dignidad, o de lo contrario serás un vago.

Por eso cuando todo termine, cuando mi vida se extinga y ya no sea ni siquiera un recuerdo a nadie le va a importar mi ausencia, nadie va a notar que ya no estoy, “Dientes podridos” no le va a doler a nadie.