I
Cuando tenía 15 años soñaba con ser un asaltante de bancos, cargar un revólver Alfa Steel 22 WMR, apuntar a la cabeza del cajero y exigir que abriera la bóveda; escapar en un mustang del 66, donde esperaba nerviosa mi chica, conducir sin rumbo fijo por las avenidas polvorientas de nuestros destinos y no detenernos jamás.
Cuando tenía 16 años soñaba con ser un asesino en serie, llevar escondido dentro de mi abrigo un rifle Sniper Francotirador y disparar desde las azoteas, ya no tener miedo, ni esconderme del horror del amor y sus continuas ausencias.
Cuando tenía 17 años soñaba con tener una chica bonita que me amara, no pedía mucho, sólo una chica bonita que me amara, poder tirarme desde la ventana para buscar sus ojos en la oscuridad, tener un mapa de carretera que me llevara a ningún lugar, caminar borracho por las calles sucias hasta llegar a mi casa y detenerme ante la presencia espantosa de mis desolaciones.
Ahora ya no sueño con nada, solo quiero conocer el lugar donde descansa mi sombra cuando se agota de la vida, si camina por los callejones rotos del corazón entre nubes de neón y putas fracturadas, si tiene los mismos miedos que me persiguen -a cualquier lugar donde volteo a mirar- si de vez en cuando estrella su cabeza contra el suelo como lo hago yo. Pero bien, si estoy acá es para escupir, para sentir que el amor es el más cruel de los sanguinarios.
II
He tenido mala fortuna en el amor, siempre he perdido esa batalla, ahora prefiero jugar a la ruleta y apostar todo lo que tengo, perderme entre callejones, disparar bombas de agua desde las azoteas, beber cerveza e imaginarme la felicidad, correr por entre los tejados, saltar desde los balcones para sentir la muerte rozando mi rostro, ver la televisión, escupir en las iglesias y pensar que todo esta bien aunque en realidad ya nada funcione.
Otras veces prefiero quedarme tumbado sobre la cama y contar uno a uno los segundos que transcurren, detenerme por un instante en los laberintos de mi mente, escuchar los ruidos de la calle, en las noches mirar por la ventana los faroles que alumbran la soledad de tipos rudos; recordar algunas borracheras gloriosas, espiar a través del ojo de la cerradura las sombras que deambulan sigilosas, cantar en voz baja a altas horas de la noche y sentir que aquellos que duermen escuchan mis susurros.
Algunas veces suelo imaginar que una mujer me ama, se detiene en mi cama perdiéndose en los pliegues de mis sabanas mientras canta moviendo sus brazos, enredando sus manos en una cabeza imaginaria:
Quisiera conocer el lugar donde descansa tu sombra cuando se cansa de mí y si al igual que tú esta desolada, si en las tardes también se pone triste, cómo es su mirada cuando esta enamorada y si alguna vez cayo en las artimañas del amor.
He tenido mala fortuna en el amor, siempre he perdido esa batalla, ahora prefiero jugar a la ruleta y apostar todo lo que tengo, perderme entre callejones, disparar bombas de agua desde las azoteas, beber cerveza e imaginarme la felicidad, correr por entre los tejados, saltar desde los balcones para sentir la muerte rozando mi rostro, ver la televisión, escupir en las iglesias y pensar que todo esta bien aunque en realidad ya nada funcione.
Otras veces prefiero quedarme tumbado sobre la cama y contar uno a uno los segundos que transcurren, detenerme por un instante en los laberintos de mi mente, escuchar los ruidos de la calle, en las noches mirar por la ventana los faroles que alumbran la soledad de tipos rudos; recordar algunas borracheras gloriosas, espiar a través del ojo de la cerradura las sombras que deambulan sigilosas, cantar en voz baja a altas horas de la noche y sentir que aquellos que duermen escuchan mis susurros.
Algunas veces suelo imaginar que una mujer me ama, se detiene en mi cama perdiéndose en los pliegues de mis sabanas mientras canta moviendo sus brazos, enredando sus manos en una cabeza imaginaria:
Quisiera conocer el lugar donde descansa tu sombra cuando se cansa de mí y si al igual que tú esta desolada, si en las tardes también se pone triste, cómo es su mirada cuando esta enamorada y si alguna vez cayo en las artimañas del amor.
III
Sigo en la misma parte donde empecé y la verdad no me hace mucha gracia, no he encontrado el lugar donde descansa mi sombra, me he bebido una cerveza y he perdido el camino de vuelta a casa, he visto una iguana saltar sobre la cabeza de una mujer mientras la mujer gritaba corriendo de un lado para otro, puede parecer gracioso, pero la iguana estaba mucho mas asustada y no sabía para dónde correr; ha empezado a llover, cientos de gotas caen sobre mi cabeza, no tengo abrigo ni un lugar donde refugiarme, tengo hambre y los zapatos rotos; una puta se acerca y me pregunta si tengo frío, le respondo que si, entonces toma mi mano y me lleva hasta su cuarto, me voy quedando dormido entre sus brazos mientras lloro por lo que nunca fui, por lo que jamás seré.
Bebimos cerveza mirando la televisión, pasaban un programa sobre iguanas pero no prestamos atención, tampoco hicimos el amor, ella no era una mujer fácil y yo tenía el cuerpo cansado y el alma rota.
Mientras destapaba otro par de cervezas bailaba siguiendo el ritmo de una música que solo ella escuchaba en su cabeza, luego me invito a bailar mientras me decía:
-Se de un lugar donde nada ni nadie, ni el mismo amor, pueden hacerte daño, donde tus sueños van pasando despacio sin lastimarte, donde puedes volar zumbando como un insecto, y tirarte sobre el pasto para no sentir el dolor de los atardeceres. Se de un lugar donde no existe el cansancio, la soledad ni el canto de los pájaros.
-Se de un lugar donde no hace frío y la vida ya no es angustia y tristeza, sólo tienes que comprar el boleto y subirte en el tren que te llevara a ese lugar, allí ya no encontraras las luces de neón que ciegan tus ojos, ni bares llenos de humo y desolación.
-Pero ahora estoy cansada y la carretera es larga, ya no puedo caminar más, llévame por la autopista a toda velocidad en tu mustang del 66. Tenía un chico que soñaba con ser asaltante de bancos, cargar con un revólver Alfa Steel 22 WMR, apuntar a la cabeza del cajero y exigir que abriera la bóveda; escapar en un mustang del 66, donde yo lo esperaba nerviosa, correr sin rumbo fijo por las avenidas polvorientas de nuestros destinos y no detenernos jamás.
Sigo en la misma parte donde empecé y la verdad no me hace mucha gracia, no he encontrado el lugar donde descansa mi sombra, me he bebido una cerveza y he perdido el camino de vuelta a casa, he visto una iguana saltar sobre la cabeza de una mujer mientras la mujer gritaba corriendo de un lado para otro, puede parecer gracioso, pero la iguana estaba mucho mas asustada y no sabía para dónde correr; ha empezado a llover, cientos de gotas caen sobre mi cabeza, no tengo abrigo ni un lugar donde refugiarme, tengo hambre y los zapatos rotos; una puta se acerca y me pregunta si tengo frío, le respondo que si, entonces toma mi mano y me lleva hasta su cuarto, me voy quedando dormido entre sus brazos mientras lloro por lo que nunca fui, por lo que jamás seré.
Bebimos cerveza mirando la televisión, pasaban un programa sobre iguanas pero no prestamos atención, tampoco hicimos el amor, ella no era una mujer fácil y yo tenía el cuerpo cansado y el alma rota.
Mientras destapaba otro par de cervezas bailaba siguiendo el ritmo de una música que solo ella escuchaba en su cabeza, luego me invito a bailar mientras me decía:
-Se de un lugar donde nada ni nadie, ni el mismo amor, pueden hacerte daño, donde tus sueños van pasando despacio sin lastimarte, donde puedes volar zumbando como un insecto, y tirarte sobre el pasto para no sentir el dolor de los atardeceres. Se de un lugar donde no existe el cansancio, la soledad ni el canto de los pájaros.
-Se de un lugar donde no hace frío y la vida ya no es angustia y tristeza, sólo tienes que comprar el boleto y subirte en el tren que te llevara a ese lugar, allí ya no encontraras las luces de neón que ciegan tus ojos, ni bares llenos de humo y desolación.
-Pero ahora estoy cansada y la carretera es larga, ya no puedo caminar más, llévame por la autopista a toda velocidad en tu mustang del 66. Tenía un chico que soñaba con ser asaltante de bancos, cargar con un revólver Alfa Steel 22 WMR, apuntar a la cabeza del cajero y exigir que abriera la bóveda; escapar en un mustang del 66, donde yo lo esperaba nerviosa, correr sin rumbo fijo por las avenidas polvorientas de nuestros destinos y no detenernos jamás.
IV
Tengo tristezas dibujadas en la piel, pedazos de nada regados por el suelo, reconozco la soledad cuando se me acerca, muero un poco cada día, no duermo y me alimento cuando puedo; tengo mil preguntas pero ninguna respuesta, tengo mil entradas pero ninguna salida.
Tengo cien lugares de donde podría partir pero ninguno a donde llegar, un boleto de autobús, una cicatriz en la pierna izquierda, dolores en los dientes, la sonrisa quebrada, un recuerdo lejano, casi vago, de la ultima mujer que ame; un espejo en blanco y negro, una vieja herida que no para de sangrar.
Tengo mil razones pero ningún motivo, un muñeco frágil y suicida que algunas veces palpita despacio y otras tantas se acelera. Le temo a la oscuridad y me espantan las mañanas grises, esas que invitan a la lluvia para que se metan en tu vida como la tristeza. Cargo conmigo un puñal para protegerme de algún asesino en serie que me quiera degollar, dos cigarrillos, un encendedor sin gas y todas las ganas de fumar.
Tengo precipicios desde donde podría saltar, cientos de muertes que me habitan, muchas cosas que decir pero a nadie con quien conversar, viejas cicatrices de antiguas batallas que no se pueden borrar, mujeres que aún se refugian en mis recuerdos, recuerdos que se escapan de mis refugios, una espera inútil y estéril por cualquier cosa que no sea la soledad.
Tengo tristezas dibujadas en la piel, pedazos de nada regados por el suelo, reconozco la soledad cuando se me acerca, muero un poco cada día, no duermo y me alimento cuando puedo; tengo mil preguntas pero ninguna respuesta, tengo mil entradas pero ninguna salida.
Tengo cien lugares de donde podría partir pero ninguno a donde llegar, un boleto de autobús, una cicatriz en la pierna izquierda, dolores en los dientes, la sonrisa quebrada, un recuerdo lejano, casi vago, de la ultima mujer que ame; un espejo en blanco y negro, una vieja herida que no para de sangrar.
Tengo mil razones pero ningún motivo, un muñeco frágil y suicida que algunas veces palpita despacio y otras tantas se acelera. Le temo a la oscuridad y me espantan las mañanas grises, esas que invitan a la lluvia para que se metan en tu vida como la tristeza. Cargo conmigo un puñal para protegerme de algún asesino en serie que me quiera degollar, dos cigarrillos, un encendedor sin gas y todas las ganas de fumar.
Tengo precipicios desde donde podría saltar, cientos de muertes que me habitan, muchas cosas que decir pero a nadie con quien conversar, viejas cicatrices de antiguas batallas que no se pueden borrar, mujeres que aún se refugian en mis recuerdos, recuerdos que se escapan de mis refugios, una espera inútil y estéril por cualquier cosa que no sea la soledad.
V
Pesa el atardecer, cae sobre mi espalda y muero un poco, luego llega la noche, con ella llega el espanto, me refugio en la agonía de mi memoria para escampar en el sarcasmo de la soledad, entonces me pierdo entre el ruido y la espesura de la oscuridad.
Así pasan las horas, como navajas ardientes atravesando la carne, igual que un perro abandonado bajo la lluvia intento buscar calor entre mis brazos y piernas, cierro los ojos e intento dormir. Es una noche fría y solitaria, me rindo ante lo inevitable: la derrota; ya no hay nada que hacer, la noche ha empezado de nuevo, vuelve el horror. Un farol se enciende y apaga, un viejo vago se acuesta a mi lado y me ofrece un cigarrillo, unas cuantas putas se frotan las manos queriendo encontrar calor, todo es igual que siempre, como si en estas noches frías el tiempo se detuviera. Quisiera encontrar el lugar donde descansa mi sombra.
La mañana ha llegado y con ella llega de nuevo la angustia, puede que en cualquier momento aparezca el feroz desencanto del amor para devastar lo que queda, el amor siempre golpea bajo, arrasando con todo, dejando ruina y muerte.
Pesa el atardecer, cae sobre mi espalda y muero un poco, luego llega la noche, con ella llega el espanto, me refugio en la agonía de mi memoria para escampar en el sarcasmo de la soledad, entonces me pierdo entre el ruido y la espesura de la oscuridad.
Así pasan las horas, como navajas ardientes atravesando la carne, igual que un perro abandonado bajo la lluvia intento buscar calor entre mis brazos y piernas, cierro los ojos e intento dormir. Es una noche fría y solitaria, me rindo ante lo inevitable: la derrota; ya no hay nada que hacer, la noche ha empezado de nuevo, vuelve el horror. Un farol se enciende y apaga, un viejo vago se acuesta a mi lado y me ofrece un cigarrillo, unas cuantas putas se frotan las manos queriendo encontrar calor, todo es igual que siempre, como si en estas noches frías el tiempo se detuviera. Quisiera encontrar el lugar donde descansa mi sombra.
La mañana ha llegado y con ella llega de nuevo la angustia, puede que en cualquier momento aparezca el feroz desencanto del amor para devastar lo que queda, el amor siempre golpea bajo, arrasando con todo, dejando ruina y muerte.
VI
Odio mirarme en el espejo, pero inevitablemente, por algún instinto salvaje, todas las mañanas lo hago. Siempre encuentro lo mismo, depresión, cansancio, hastío, temor, desesperación, insatisfacción, desilusión y derrota.
Estoy metido en una selva espesa, intentando sobrevivir, luego de mucho tiempo he logrado acostumbrarme a una vida que no es la mía, entonces estoy horrorizado con lo que he tenido que hacer para comer y dormir en cualquier pocilga.
He vivido en el límite, arañando la escoria de mis propios fracasos, perdido en un mundo con el cual no me siento cómodo, durmiendo en hoteles de mala muerte, peleando a la contra, la mayor parte del tiempo estoy borracho, cargando con mis propias miserias. Igual que un perro callejero, he sobrevivido con lo poco que me tiran, comida, amor, golpes en las costillas y el culo.
Nunca aprendí a hacer nada más que escribir, sin embargo, he trabajo en todo lo que se me pasa por delante, desde limpiador de pisos hasta vendedor de libros, pero al final, sin importar el tipo de trabajo, todo termina igual, ganando una miseria para sobrevivir, soportando jefes tarados, compañeros inútiles y sintiéndome oprimido en mis propias derrotas.
He gastado gran parte de mi vida en cosas tan inservibles como el amor y he terminado por olvidar lo que en realidad es importante: beber hasta reventar, escribir, jugar solitario y morir.
Odio mirarme en el espejo, pero inevitablemente, por algún instinto salvaje, todas las mañanas lo hago. Siempre encuentro lo mismo, depresión, cansancio, hastío, temor, desesperación, insatisfacción, desilusión y derrota.
Estoy metido en una selva espesa, intentando sobrevivir, luego de mucho tiempo he logrado acostumbrarme a una vida que no es la mía, entonces estoy horrorizado con lo que he tenido que hacer para comer y dormir en cualquier pocilga.
He vivido en el límite, arañando la escoria de mis propios fracasos, perdido en un mundo con el cual no me siento cómodo, durmiendo en hoteles de mala muerte, peleando a la contra, la mayor parte del tiempo estoy borracho, cargando con mis propias miserias. Igual que un perro callejero, he sobrevivido con lo poco que me tiran, comida, amor, golpes en las costillas y el culo.
Nunca aprendí a hacer nada más que escribir, sin embargo, he trabajo en todo lo que se me pasa por delante, desde limpiador de pisos hasta vendedor de libros, pero al final, sin importar el tipo de trabajo, todo termina igual, ganando una miseria para sobrevivir, soportando jefes tarados, compañeros inútiles y sintiéndome oprimido en mis propias derrotas.
He gastado gran parte de mi vida en cosas tan inservibles como el amor y he terminado por olvidar lo que en realidad es importante: beber hasta reventar, escribir, jugar solitario y morir.
VII
Somos como estiércol servidos sobre la mesa, somos la distancia pero no el futuro, somos enanos en tierra de gigantes. Somos sombras sin dueño, somos esclavos de nuestros sueños. Somos la pobreza, jamás la riqueza, somos tan solo una mierda.
Somos la mejilla, jamás la bofetada, somos la fealdad no la belleza, somos el instrumento de nuestros propios miedos, somos la victima no el asesino, somos el fango jamás la tierra.
Somos la derrota, nunca la victoria, somos la ignorancia pero no el conocimiento, somos el esqueleto pero no la esencia, estamos en esta tierra que es miseria.
Somos la duda, no tenemos la certeza, somos la cerradura ya sin puerta.
Somos como estiércol servidos sobre la mesa, somos la distancia pero no el futuro, somos enanos en tierra de gigantes. Somos sombras sin dueño, somos esclavos de nuestros sueños. Somos la pobreza, jamás la riqueza, somos tan solo una mierda.
Somos la mejilla, jamás la bofetada, somos la fealdad no la belleza, somos el instrumento de nuestros propios miedos, somos la victima no el asesino, somos el fango jamás la tierra.
Somos la derrota, nunca la victoria, somos la ignorancia pero no el conocimiento, somos el esqueleto pero no la esencia, estamos en esta tierra que es miseria.
Somos la duda, no tenemos la certeza, somos la cerradura ya sin puerta.
VIII
Voy caminando con las manos dentro de mis bolsillos sin mirar atrás, la verdad es que atrás no hay mucho que mirar, mi padre golpeando y puteando todo el tiempo, mi madre señalándome con su dedo sarmentoso mientras me repetía: “Nunca llegaras lejos, jamás serás nadie, no espero nada de ti”. Respiro profundo y siento el olor de una alcantarilla, ese olor me recuerda a la mujer que alguna vez me dijo: “Necesito tanto de ti, que siento que te huelo en el aire”, después de eso se fue con un tipo montada en su motocicleta.
A veces quiero descansar, pero sólo tengo dos elecciones: vivir esquivando autos en las autopistas para llegar al final de una meta estrellándome contra los semáforos en rojo, o quedarme en un solo lugar, cerrar los ojos, y esperar a que algo pase sin buscarlo, sin que me atropelle. Prefiero lo segundo, evitar es mejor que llegar al final para encontrarte con un nuevo dolor.
Voy caminando con las manos dentro de mis bolsillos sin mirar atrás, la verdad es que atrás no hay mucho que mirar, mi padre golpeando y puteando todo el tiempo, mi madre señalándome con su dedo sarmentoso mientras me repetía: “Nunca llegaras lejos, jamás serás nadie, no espero nada de ti”. Respiro profundo y siento el olor de una alcantarilla, ese olor me recuerda a la mujer que alguna vez me dijo: “Necesito tanto de ti, que siento que te huelo en el aire”, después de eso se fue con un tipo montada en su motocicleta.
A veces quiero descansar, pero sólo tengo dos elecciones: vivir esquivando autos en las autopistas para llegar al final de una meta estrellándome contra los semáforos en rojo, o quedarme en un solo lugar, cerrar los ojos, y esperar a que algo pase sin buscarlo, sin que me atropelle. Prefiero lo segundo, evitar es mejor que llegar al final para encontrarte con un nuevo dolor.
IX
La vida furiosa sigue lanzando fuego al borde de los abismos donde ya no van a descansar las putas de mi calle, ni habitan las sombras, los ladrones, los proxenetas, los violadores, los derrotados, los perros, las ratas, los gatos y los borrachos; donde el silencio se hace insoportable y la luz es un castigo. Donde mueren los días con sus sigilosas mentiras y su verdad asesina.
Somos carne de cañón. En esta calle la felicidad apesta, el amor es una charada que vende su alma al mejor postor. Nada queda, un viejo farol, basura regada por el suelo, botellas vacías, un retrete, la mujer que violo el viejo retardado mental que vivía al frente de mi casa, un puñal ensangrentado, algunas gotas de cerveza, frío y soledad.
Algunas veces se asoma una mujer obesa con dos paquetes en su mano, su enorme boca devora una masa amarillenta, odio a esa mujer, odio sus carnes caídas, el brillo falso de sus ojos, las varices de sus piernas, los bellos largos que brotan de su nariz, sus dientes sarrazos, su cuerpo recubierto de grasa, pelos y sudor.
Odio la mujer rubia que mueve sus caderas caminando despacio, dejando ver sus piernas y sus tetas, la odio porque no me hace el amor y le entrega sus caricias al viejo retardado mental que alguna vez la violo: porque el amor es un escorpión que envenena tu sangre y pudre tu piel.
La vida furiosa sigue lanzando fuego al borde de los abismos donde ya no van a descansar las putas de mi calle, ni habitan las sombras, los ladrones, los proxenetas, los violadores, los derrotados, los perros, las ratas, los gatos y los borrachos; donde el silencio se hace insoportable y la luz es un castigo. Donde mueren los días con sus sigilosas mentiras y su verdad asesina.
Somos carne de cañón. En esta calle la felicidad apesta, el amor es una charada que vende su alma al mejor postor. Nada queda, un viejo farol, basura regada por el suelo, botellas vacías, un retrete, la mujer que violo el viejo retardado mental que vivía al frente de mi casa, un puñal ensangrentado, algunas gotas de cerveza, frío y soledad.
Algunas veces se asoma una mujer obesa con dos paquetes en su mano, su enorme boca devora una masa amarillenta, odio a esa mujer, odio sus carnes caídas, el brillo falso de sus ojos, las varices de sus piernas, los bellos largos que brotan de su nariz, sus dientes sarrazos, su cuerpo recubierto de grasa, pelos y sudor.
Odio la mujer rubia que mueve sus caderas caminando despacio, dejando ver sus piernas y sus tetas, la odio porque no me hace el amor y le entrega sus caricias al viejo retardado mental que alguna vez la violo: porque el amor es un escorpión que envenena tu sangre y pudre tu piel.
X
La vida son pequeñas derrotas, entre más derrotas acumules, más rápido serás un fracasado, entre más rápido te apresures por llegar a una meta, más pronto terminaras destruido.
El mundo esta hecho para gente real, que trabaja ocho horas, duerme ocho, el resto del tiempo se la pasa viendo televisión, espera algún día poder tener una fortuna, envejecer y morir tranquilamente.
Sus más grandes esperanzas están reducidas a nada, al temor de sentir la indignidad de ser sorprendidos por la muerte en el baño oliendo sus propias miserias, escuchando sus propios fantasmas, espantando sus propios miedos y perdiéndose en sus memorias enfermas y deterioradas.
La vida es un lugar solitario y no hay nada tan patético como una multitud de espectadores inmóviles presenciando, con indiferencia o entusiasmo, la agonía de un vagabundo tirado en la calle, sangrando, desesperado entre dolores y vómitos, un ángel inocente que no entiende la razón de su dolor.
La vida son pequeñas derrotas, entre más derrotas acumules, más rápido serás un fracasado, entre más rápido te apresures por llegar a una meta, más pronto terminaras destruido.
El mundo esta hecho para gente real, que trabaja ocho horas, duerme ocho, el resto del tiempo se la pasa viendo televisión, espera algún día poder tener una fortuna, envejecer y morir tranquilamente.
Sus más grandes esperanzas están reducidas a nada, al temor de sentir la indignidad de ser sorprendidos por la muerte en el baño oliendo sus propias miserias, escuchando sus propios fantasmas, espantando sus propios miedos y perdiéndose en sus memorias enfermas y deterioradas.
La vida es un lugar solitario y no hay nada tan patético como una multitud de espectadores inmóviles presenciando, con indiferencia o entusiasmo, la agonía de un vagabundo tirado en la calle, sangrando, desesperado entre dolores y vómitos, un ángel inocente que no entiende la razón de su dolor.
XI
Yo bebo para olvidar que a veces sueño, otras veces bebo por espanto, por hastío, o porque me siento como los atardeceres de lluvia, vacío, frío, solitario; entonces llega esa tristeza que duele y deja pequeñas heridas trayendo sus propias derrotas. Te puedes emborrachar y todo toma otro color, otro olor, otra felicidad, ¡Emborracharse para ver un jabalí! Así te das cuenta que la soledad y los fantasmas son viejos conocidos de toda la vida.
