I
Sobrevivo a La Macarena, el barrio donde vivo, a sus calles empinadas y sus casas envejecidas por el tiempo y el descuido de quienes las habitan y también sobrevivo a quienes las habitan: viejos fantasmas sin sueños consumidos entre la soledad de sus rencores.
Sobrevivo a sus artistas artificiales con sus poses mentirosas y sus obras vacías, a sus ladrones fracasados y el retardado mental que mete sus narices donde no lo han llamado. A su iglesia pequeña y blanca, con sus rejas que no permiten que descanse mi fe ciega en cualquier cosa que no sea Dios, e intento escapar de las artimañas que se tejen en las esquinas y las tiendas.
Sobrevivo a los vecinos que tiran basura en la esquina de mi edificio, a mi edificio y sus paredes grises con sus ventanas sucias, a las mujeres que pasan por el frente de mi casa con la frivolidad de sus miradas; a los perros callejeros que ladran cuando quiero estar en silencio y al ruido fragoso de los autos que taladra mi cerebro.
Intento escapar de sus borrachos apestosos y del delirio de los sobrios, de las esquirlas que lanzan las ancianas para envenenar a todo aquel que pasa por el frente de ellas, a sus mentiras piadosas, sus verdades disfrazadas, sus cabellos blancos, las manchas en sus manos y las arrugas de sus rostros.
Sobrevivo a los domingos en mi barrio, porque nunca pasa nada más que sus propias miserias y una paz aciaga que se retuerce cuando llega la noche. Intento escapar de los viernes en mi barrio porque sus calles se llenan de autos atestados de tipos espurios y mujeres sin horizonte.
Sobrevivo a los restaurantes que invaden La Macarena con su arquitectura quimérica, sus comidas simuladas, a sus edificios construidos a la fuerza, a las manías de los niños que saltan por sus calles; al cáncer que invade sus alevosos andenes y al olor a mierda que dejan los perros que camina al lado de sus dueños acartonados convertidos en sus esclavos.
Sobrevivo a la tiranía del frío que recorre sus calles, a los aullidos de la tristeza que cubre los techos cuando llega la madrugada. Sobrevivo a los extranjeros con la humildad falsa en los ojos y la carroña carcomiéndoles el corazón, sobrevivo a ellos porque vienen en busca de droga, mujeres, hombres y lavar sus culpas por el odio que nos sembraron, e intento sobrevivir a sus apáticas sonrisas.
Sobrevivo a mí, a la dejadez por cualquier cosa que me rodea, por no tener el coraje de escapar de todo aquello a lo que sobrevivo, por no saber a dónde correr más allá de mi cabeza y a esta soledad que aprieta y repele hasta asfixiarme, hasta llevarme al borde de la muerte.
II
Me he quedado solo en mitad de la espesa oscuridad de mi habitación, atrapado y sin salida, acorralado, herido, sangrando, con los pies desnudos y las manos derrotadas. Me he quedado tirado sin mirar a ningún lado, animal feroz vencido, agonizando, perdido y despiadado, abrazado a sus rodillas esperando ver pasar a Alejandra mientras se consume con su cigarrillo.
Me he quedado oliendo desde la vacuidad de mi casa el aroma que nace de la calle, ahí donde todas las mañanas pasan los celadores y sus hambrientas miserias, donde mi vecina, una solitaria anciana vive en una casa de tres pisos, alimenta a los perros desolados y sin dueño y va todas las mañanas a misa de seis y luego se devuelve para seguir corroyéndose en su desamparo; una lluvia de bendiciones se desploma sobre su cabeza, ella las esquiva, le teme a las bendiciones que caen desde el cielo pero se arrepiente en la iglesia y pide perdón a Dios por espantarse ante el temor de seguir viva atrapada entre la soledad y el vacío de sus años.
Me he quedado parado frente a mi ventana para ver pasar a Alejandra, para mirarla sin que se dé cuenta, para seguirla hasta que su figura delgada se pierda, entonces mi corazón se alegra, se agita y luego todo vuelve a su aterradora normalidad, de nuevo aparece la tormenta, un huracán llega para arrasarlo todo, entonces me quedo sin nada, sin recuerdos, sin lejanas apatías.
Me he quedado sentado, temblando de miedo, intentando decir adiós Alejandra ya se esfumaron los sueños de la tristeza, ya nada me toca, ya nada importa, pero un viento arrebata de mi garganta las palabras, las veo salir y despedazarse una a una. Me he quedado sin fuerzas para levantarme y salir corriendo detrás de ella, mientras los balcones de estas casas envejecidas se suicidan ante los ojos de sus enmohecidos dueños.
Me he quedado contando las horas, las partículas de polvo que viajan de un lado a otro para meterse en mi nariz, siento un golpe fuerte dentro de mi estomago, ahora me sacuden los escalofríos que invaden todo mi cuerpo, estoy solo en esta habitación y afuera se escuchan los gritos de los estudiantes que uno a uno van cayendo borrachos sobre las aceras mientras olvidan que ya no son nada más que polvo y humo esparcido por las cloacas de este barrio al que sobrevivo mientras espero ver pasar a Alejandra.
III
Vivo perdido entre mis propias palabras, sintiéndome un insecto a punto de ser aplastado por un pie enorme, escupiendo en los andenes del barrio donde vivo, pero a nadie le importa porque todos saben que ya no tengo mucho tiempo.
No tengo tiempo para lanzar desde mi ventana paracaídas atados a las colillas de aquellos cigarrillos que han muerto entre mi manos, no tengo tiempo para saltar sobre las sombras y destruirlas para que no perturben más la soledad de estas calles que se desdibujan en mi memoria; no me queda tiempo para gritar a los hijos de puta que se orinan en las paredes del edificio donde sobrevivo.
No me queda tiempo para llorar por lo que un día se escapo de mis manos y tampoco le queda tiempo a mis manos para extrañar eso que se esfumo, no me queda más tiempo, sólo tengo un instante para poner los dedos sobre el piso y ahuyentar la banalidad de los días que pasan como agujas por mi cuerpo.
IV
Pasan los días y como alfileres se clavan en mi pecho, ha vuelto la lluvia y Bogotá de nuevo se convierte en una ciudad gris, con el desespero brotando por sus edificios grises y sus calles rotas, el frio no sólo se siente en el aire, se percibe en las personas, en sus miradas sin brillo, en sus gestos toscos y su caminar rápido; nada en Bogotá es soportable, es una ciudad que hiere, descuartiza, desbarata, asesina, acorrala y pervierte sin misericordia.
Me escondo de Bogotá en mi habitación, cierro las ventanas para que no entre su olor a suciedad, a tristeza y desenfreno, me asusta esta ciudad, la velocidad sin medida de sus autos, la indiferencia absoluta de sus habitantes, el desgano melancólico de sus putas envejecidas y tristes, el humo que cubre los techos descoloridos, el afán de medio día y la desventura de la tarde.
Me asusta Bogotá y su maniaca aniquilación por todo aquello que se detenga un instante y su desapego a la verdad. Me asustan sus alcantarillas, sus postes deteriorados, sus semáforos enloquecidos y su obsesiva necesidad de estropear el tiempo. Me asusta su falsa alegría, sus noches desordenadas, sus poetas mentirosos, sus intelectuales acartonados y sus indigentes afligidos.
Me asusta su horrible visión del mundo y sus atardeceres sórdidos, la angustiosa desolación de sus jóvenes y la derrota absoluta de sus ancianos. Me asusta la tristeza de sus jardines, la frialdad de sus fachadas, los bares atiborrados de seres desdichados fingiendo ser felices, los neo artistas perdidos en sus egos y la mediocridad de su talento, los viejos artistas estancados entre sus ideas dilatadas y alejadas de la realidad que nos extermina.
Me asusta la nauseabunda insuficiencia de sus dirigentes y la parálisis de sus mentes, la estorbosa estupidez de sus discursos vacíos y llenos de elocuentes mentiras. Me asusta Bogotá porque sus calles asesinan las esperanzas y devoran la belleza, porque es una ciudad sin contemplaciones que arrasa y aniquila sin piedad la felicidad.
V
En estos días en que todo parece estar muerto, en donde nada entra por las ventanas y todo se va muriendo: el dolor persiste. En estos días en que todo va más despacio, en que el aire es denso y el tiempo se detiene, es cuando más espero a Alejandra.
En estos días cuando la lluvia cae como cuchillos desgarrando el vientre de las calles, y la tristeza azota los techos de las casas, cuando todo parece haber sido derrotado por la soledad y el espanto, me siento a esperar que ya nada me golpee mi rostro.
En estos días cuando todo huele a dolor, cuando La Macarena se hunde entre la neblina de sus miedos una su sombra, en la calle y las esquinas, acecha a las mujeres de este barrio para desgarrar sus cuerpos, para aniquilar su felicidad. En estos días en que la vida se vuelve un dolor aciago, me siento a esperar el viento que ya no destroza mi cuerpo.
En estos días en que los minutos se vuelven lentos, en que el ruido aprisiona las puertas de mi barrio es cuando me quedo inmóvil al ver llegar a Alejandra para decirle: Sálvame de esta agonía que devasta mi pecho.
En estos días en la Macarena en que todo huele a miedo, ya nadie camina tranquilo y las noches se han vuelto insoportables, yo me quedo escondido en mi cuarto, acariciando mi rodilla enferma y esperando a que mis ojos se vayan consumiendo.
En estos días en que me siento derrotado, ya nada me salva tan solo Alejandra.
VI
En días como hoy todo es dolor como un golpe en el costado, como una puñalada en el pecho; en días como hoy sólo quiero cerrar los ojos y no pensar, dejar de hacerlo, olvidar que puedo hacerlo. Todo es efímero, nada parece estar en su lugar, el ruido de las construcciones se esparce por mi cabeza y un zumbido permanente destroza el silencio. Veo a través de la ventana como caen cientos de pájaros ante el horror de la vida.
En días como hoy todo se perturba e intento sobrevivir a la debilidad de mi cuerpo enfermo, a mi envejecimiento prematuro, a mis deudas, a los bocadillos, a mis soledades, a esta ciudad llena de escombros que caminan por sus calles, a mis terrores, a las pesadillas del amor y a la vida; el amor es un precio muy alto que debemos pagar por una migaja de felicidad y la vida es tan sólo un sueño dirigido.
En días como hoy caen cientos de alfileres en mi rostro, la estupidez de mis sueños me derrota, me recojo para protegerme de mis fantasmas, los delirios se me apresuran y todo a mí al redor se vuelve salvaje.
En días como hoy asesino una esperanza, escapo de la nostalgia como escapo de mi sombra, esa sombra que me asecha y me espera para saltar sobre mi espalda. En días como hoy me retuerzo, abrazo una lejana tristeza, vuelvo y me pongo de pie, caigo otra vez, no quiero levantarme, ya no me interesa, no me cae bien hacerlo.
En días como hoy ya nada tiene sentido, un rayo de sol golpea mi rostro y el miedo vuelve a sentarse sobre mis piernas, mi cabeza está a punto de estallar, los aullidos de los perros son mi único refugio.
VII
No sé si decirte que te detengas un momento, que pases por mi casa y drogarme en tus labios, decirte que nos lancemos por la ventana sin paracaídas, con los brazos abiertos para sentir el viento golpeando nuestros rostros.
No sé si decirte que vengas a mi cuerpo para que veas como escupo palabras que te acarician y atropellan tus entrañas; atraparte entre mis manos y dibujarte un dragón ardiendo en las llamas del universo, alejarte para siempre, arrebatarte todas las mentiras y ofrecerte mis únicas verdades.
Me gustaría llamarte por tu nombre sin que doliera, tan sólo decirte Alejandra, y borrar tu recuerdo, no sentir que respirar es un infierno o bailar a tu alrededor mientras tu risa escandalosa invade mi cuarto.
Me gustaría decirte que la luna no existe más allá de tus ojos y que tus dedos son crucifijos donde me han puesto seis clavos, poder mirar tu rostro antes de partir, antes de decirte adiós para siempre, y volverme un recuerdo lejano y que te vuelvas un sueño del que estoy despertando. Me voy con mis miedos, abrigado por mis fantasmas, es lo único que me queda, ¿Qué sería de un hombre solitario sin sus miedos ni sus fantasmas?
VIII
Alejandra se mira al espejo y se da cuenta que tiene los ojos tristes, es una tristeza que va venciendo su vida, y por un instante piensa en Duck y se pregunta por qué él dejo que se marchara de su vida, luego se aleja del espejo y piensa que los espejos deberían ser en blanco y negro.
Duck se despierta algo aturdido, separado de sus pensamientos, hambriento y con dolores en su cuerpo, Duck está enfermo y agoniza, su cuerpo se deteriora, pero eso ya no le importa, Duck sólo quiere beber y dormir un poco; camina hasta el espejo y descubre que tiene los ojos tristes.
Alejandra camina por las calles de La Macarena, es una noche fría, va protegida por un abrigo largo, de esos que usan en las películas, mientras va caminando piensa en que tiene sus ojos tristes, así que se dirige hasta donde Ángel porque sabe que él nunca esta triste, pero cuando llega y le dice: ¿Qué hay de nuevo Angelito, nos tomamos un cuarto de ron? Se da cuenta que Ángel tiene la mirada triste, así que piensa que algo ya no funciona.
Duck camina bajo la lluvia, con una chaqueta azul que le ha regalado su madre, se dirige a donde Ángel porque sabe que él siempre está feliz y en realidad a Duck esa noche no le interesa estar triste, pero cuando llega descubre a Alejandra, a Ángel, a dos chicas pelirrojas y a un tipo gordo que mira una foto de Elizabeth Taylor, es la portada de una vieja revista, entonces Duck se da cuenta que todos tiene la mirada triste, del bolsillo de su chaqueta saca un papel amarillo y empieza a leer algo que escribió en la tarde:
Tengo tristezas dibujadas en la piel, pedazos de nada regados por el suelo, reconozco la soledad cuando se me acerca, muero un poco cada día, no duermo y me alimento cuando puedo; tengo mil preguntas pero ninguna respuesta, tengo mil entradas pero ninguna salida.
Tengo cien lugares de donde podría partir pero ninguno a donde llegar, un boleto de autobús, una cicatriz en la pierna izquierda y dos en la derecha, dolores en los dientes, la sonrisa quebrada, un recuerdo lejano, casi vago, de la última mujer que ame; un espejo en blanco y negro, una vieja herida que no para de sangrar.
Tengo mil razones pero ningún motivo, un muñeco frágil y suicida que algunas veces palpita despacio y otras tantas se acelera. Le temo a la oscuridad y me espantan las mañanas grises, esas que invitan a la lluvia para que se metan en tu vida como la tristeza. Cargo conmigo un puñal para protegerme de algún asesino en serie que me quiera degollar, dos cigarrillos, un encendedor sin gas y todas las ganas de fumar.
Tengo precipicios desde donde podría saltar, cientos de muertes que me habitan, muchas cosas que decir pero a nadie con quien conversar, viejas cicatrices de antiguas batallas que no se pueden borrar, mujeres que aún se refugian en mis recuerdos, recuerdos que se escapan de mis refugios, una espera inútil y estéril por cualquier cosa que no sea la soledad.
Luego Duck se desnuda y empieza a bailar en medio del pequeño lugar y todos vuelven a reír. Duck camina para su casa, entra y se recuesta, Duck no vuelve a despertar; Alejandra se mira al espejo y descubre que sus ojos ya no están tristes mientras escucha Someday my prince will come.
IX
Odio los sueños de los adolescentes porque me recuerdan los míos, a las pesadillas de los viejos que son mis propias pesadillas, a los ángeles caídos y sus alas sucias, a las ancianas de mi barrio que van a misa los domingos con sus pulcros vestidos negros, mientras que sus almas andan sucias y desgarradas; odio a los tipos gordos y sudorosos de la Macarena, porque saben, pero no aceptan, que ya no tienen esperanzas y también odio a sus esposas porque jamás han tenido esperanzas, a sus hijas recubiertas por capas de grasa, a sus hijos condenados a la inevitable estupidez de sus padres.
Odio a los perros cuando ladran a la luna y a luna cuando escucha el ladrido de los perros, a las mañanas frías de La Macarena, a La Macarena porque es un barrio que delira entre el ruido y la música mientras finge no estar triste.
Odio los ojos de la gente porque siempre están ocultado una verdad, odio los ojos que pasan y se matan, los ojos de soñar, los de amar, los del delirio, los que asesinan, los que mienten y los ojos que se esconden entre las sombras.
Odio las palabras que hieren, que desgarran, las palabras que acusan, las que se ocultan, las que se desvanecen, las que asesinan como cuchillos, odio las verdades a medias y también odio las mentiras piadosas. Pero sobre todo, me odio por no haber sabido cómo evitar que Alejandra se marchara de mi vida.
X
Estas calles de la Macarena parecen cementerios atiborrados de muertos en vida, los ancianos van arrastrando sus propios pecados, las mujeres pasan de afán mirando de un lado a otro, se ven pálidas, derrotadas y ausentes. En estas calles de la Macarena nada parece cierto, una verdad es un sacrilegio, Dios pasa con los ojos cerrados para no mirarnos, los hombres llevan sus manos dentro de los bolsillos como queriendo esconder sus aberraciones, el extravío de los años parece haber quedado suspendido en estas calles.
En estas calles de la Macarena, llenas de sombras sin dueño, nada reposa tranquilo, nada parece estar en orden. Estas calles perforan mi cabeza, destruyen mi mente. Las palomas muertas en las aceras son carroña para los perros hambrientos, la basura se vuelve un tapete por donde todos descansan; estas calles nos revelan nuestra desnudez y dejan al descubierto nuestro desamparo.
En estas calles por donde pasa despacio Alejandra, todo es polvo y ausencia, pero cuando ella pasa las calles se estremecen ante sus pasos, las ventanas se abren para robarle un poco de su belleza, las fachadas se rinden ante su mirada, cada esquina, cada árbol queda estático ante su figura delgada. Y yo, el viejo Duck, a través de mi ventana la observo sin que ella me descubra, la acaricio con mis manos que tiemblan ante su presencia y siento que el tiempo se detiene en su cuello y cuando ella sonríe los días pierden su pesadez.
XI
Alejandra se rapa la cabeza y mientras se mira al espejo piensa que a lo mejor Duck debe estar haciendo lo mismo. Pero Duck esta tumbado sobre su cama pensando en que a lo mejor Alejandra ya no se siente sola.
Alejandra esta triste, su alma se ha fracturado en pedazos pequeños que van cayendo despacio, Duck la extraña y sabe que ella está pidiendo auxilio. Los dos se quieren y se necesitan más de lo que piensan, cuando están juntos son felices y sonríen, pero cuando se separan de nuevo llega la tristeza.
A Duck le espanta saber que Alejandra esta con un hombre porque le asusta perderla para siempre, y de cierta forma, aunque no lo reconoce, Alejandra siente el mismo miedo al pensar que Duck pueda olvidarla si aparece en su vida otra mujer.
Duck destapa una cerveza y enciende un cigarrillo mientras su mente se enreda con el humo, al igual que el humo, su mente se esparce por la habitación. Alejandra bebe un sorbo pequeño de cerveza y observa como la ceniza de su cigarrillo se va poniendo oscura. Entonces Alejandra llora y se tumba sobre su cama, el dolor de nuevo llega y ella grita el nombre de Duck.
Duck se deja caer en el suelo mientras llora, golpea su cabeza una y otra vez contra el piso de madera y grita el nombre de Alejandra, sus dedos se paralizan cuando el dolor anuncia su presencia, entonces ruega para que el día llegue, mientras abraza sus rodillas esperando a que la noche muera.
Duck se lleva las manos al estomago, algo le quema, el dolor persiste, ataca y aniquila. Alejandra cierra sus ojos, se agarra la cabeza y de nuevo llora; por estos días las cosas no le van muy bien, entonces llama a Duck, pero él no contesta, Duck ahora ha caído inconsciente.

Mauricio, he llegado a tu blog colocando ciertas frases en el buscador, le di a search y me lanzó a tu blog, me ha fascinado la intensidad de tu relatos, la pena, el desprecio, lo aborrecida de este mundillo en que a veces me encuentro.
ResponderEliminarmuy buen escritos
Saludos
Andrea